Se habla y escribe mucho, con sobrada razón, sobre los derechos de la mujer en consonancia con los privilegios masculinos. Desde la desigualdad en el trato laboral, hasta la prevalencia varonil en cualquier aspecto de la vida: dominio de las finanzas, configuración de los altos tribunales jurídicos, imperio político y demás atribuciones de importancia fundamental, generalmente subrogadas a favor del hombre, la mujer juega un papel secundario, siempre a expensas de los intereses de su oponente. Sin embargo, pese a la lucha denodada en defensa de sus legítimos derechos, existe una faceta en el devenir histórico casi totalmente marginada de los proyectos que sostiene: el sacerdocio (para una mayor concreción, referido al de la dignidad eclesiástica). ¿Por qué?, me pregunto, sin encontrar una respuesta convincente. ¿Por qué la mujer, sintiéndose marginada por el clero, alaba al Papa de manera multitudinaria cuando éste visita cualquier país de la tierra?
Es de todos/as sabido que la Iglesia –ahí está la Historia para coroborarlo- ha tenido y sigue teniendo en sus manos masculinas las riendas de la fe, en buena medida de la política internacional y de cualesquiera funciones significativas de la vida humana, reservando a las monjas el cenobio (en no pocas ocasiones la clausura) para poder desarrollar su cometido servil. ¿Acaso la mujer no puede ser útil a Dios -en vez de obedecer a los prelados- desde el púlpito, desde la eucaristía o desde cualquier otro sacramento? ¿También Dios es machista? Siendo la religión una consecuencia de la inquietud humana ante la magnificencia del universo y del enigma de la vida y la muerte, ¿por qué –vuelvo a preguntarme- no se actúa en consecuencia y se defiende también, con idéntico ímpetu al desplegado en el terreno social, los derechos religiosos de la mujer? Desde la política, ahora que estamos inmersos en un proceso electoral importante para España, no se hace nada al respecto; pero no es cuestión de que los/as parlamentarios/as defiendan a las damas; eso nos llevaría a discusiones bizantinas y nada se conseguiría. Existe un arma letal para combatir semejante, tremenda, injusticia. No de la manera como yo lo hago, siempre atacando ingenuamente a los eclesiásticos, porque ellos prefieren el enfrentamiento para demostrar al mundo su martirio, además de que cuentan con sobrados recursos para desbaratar cualquier agresión a los propósitos que defienden a ultranza. Es algo mucho más sencillo y de contundente efectividad: la indiferencia.
´César Rubio (Augustus)

