CUANDO BROTA LA POESÍA SE EXPANDE EL ALMA

No me refiero a los instantes gozosos de la inspiración poética, a esos momentos decisivos en que, por barlovento del corazón, se vislumbra el aura de las más excelsas emociones y se precisa de la pluma.

Con estas palabras previas aludo al clímax sentimental experimentado por cualquier persona sensible cuando, sin saber por qué, necesita interiorizar, guardar en sus arcanos las impresiones recibidas del entorno. No necesita escribir un poema, sino sentir en lo más recóndito de su ser los mil versos que la Naturaleza le ofrece sin contrapartidas. Versos éstos que parecen dictados por las divinidades de la tierra, del aire, del fuego y del agua, los cuatro elementos básicos con que Natura se explica sin palabras. Se trata, en mi criterio, de la poesía genuina. Nada de mixtificaciones, de inapropiadas mezclas ni de amañadas emociones. Por el contrario, cuerpo y espíritu comulgan al pie del altar donde todo suceso anímico queda plegado a las miradas ajenas. Secreto solamente compartido por quienes, sin aspirar al Parnaso, se internan en las profundas simas de la soledad y encuentran al único Dios que nunca miente: hombre-mujer desprovisto/a de la librea con que nos viste el destino para servir al mundo. Allí, junto al árula donde no existe la fe ni la esperanza, donde la palabra se escinde en átomos de religiosa levedad, se halla el verso fugitivo del folio. Sin amigos ni enemigos: sólo él, cuya cadencia brota del silencio.

Se expande el alma. El vacío crece y se abisma en su mismidad, para sentir en el corazón ingrávido de una rosa el peso efímero del universo. Dios acaba de morir.

César Rubio (Augustus)