Cultura en Argentina (XIV): La dictadura consentida de América

La Declaración Universal de los Derechos Humanos es sistemáticamente violada por Fidel Castro. En su artículo 13 dispone: «1) Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado. 2) Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país». El Art. 21, inciso 3, establece que la voluntad del pueblo se expresará en elecciones periódicas «por sufragio universal e igual y por voto secreto u otro procedimiento equivalente que garantice la libertad del voto». Desde que asumió el 1º/01/1959 Castro nunca convocó a elecciones. El Art. 30 refuerza el conjunto: «Nada en esta Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración».

En el caso de la doctora Hilda Molina, también se violan los artículos 7 y 8. Molina es otro eslabón de una larga cadena de iniquidades que es avalada por cierta izquierda necia, que observa selectivamente lo que ocurre en Cuba. Castro también impide la visita de la magistrada francesa Christine Chanet, representante del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, quien debe investigar las denuncias en el lugar.

La dictadura consentida de América

La Declaración Universal de los Derechos Humanos es sistemáticamente violada por Fidel Castro. En su artículo 13 dispone: «1) Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado. 2) Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país». El Art. 21, inciso 3, establece que la voluntad del pueblo se expresará en elecciones periódicas «por sufragio universal e igual y por voto secreto u otro procedimiento equivalente que garantice la libertad del voto». Desde que asumió el 1º/01/1959 Castro nunca convocó a elecciones. El Art. 30 refuerza el conjunto: «Nada en esta Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración».

En el caso de la doctora Hilda Molina, también se violan los artículos 7 y 8. Molina es otro eslabón de una larga cadena de iniquidades que es avalada por cierta izquierda necia, que observa selectivamente lo que ocurre en Cuba. Castro también impide la visita de la magistrada francesa Christine Chanet, representante del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, quien debe investigar las denuncias en el lugar. La negativa despierta la suspicacia, pero la vileza no queda indemne. Algún día los que ahora callan complacientes o festejan las bravuconadas del viejo líder tendrán que rendir cuentas, así como un sinnúmero de alemanes quedaron marcados por silenciar las atrocidades nazis, y otro buen número de intelectuales de izquierda, que callaron ante las purgas soviéticas y la “reeducación” en China, terminaron siendo objeto de escarnio.

Propiedad privada

Molina explicó que, según un militar, no le permitían salir de Cuba porque «su cerebro es propiedad del Estado cubano». Increíblemente ninguna asociación de derechos humanos denunció el dislate. Ningún Estado puede arrogarse la propiedad de una persona o de parte de ella. ¿Conocerá Castro El mercader de Venecia, de Shakespeare, o Una libra de carne, de Cuzzani? La respuesta que se le dio a Molina es propia de Shylock, no de un humanista.

Podría argumentarse que Castro llevó al extremo el axioma de la ex URSS por el cual nada pertenece al individuo y todo pertenece al Estado, esgrimido como una argucia “pedagógica” para terminar con la nociva idea de la propiedad privada e intelectual y la diferencia de clases: si nadie posee, toda envidia y deseo innoble desaparecen. Pero el proyecto no prosperó, por más que la URSS tuvo las condiciones ideales para implementarlo: no sólo poseían el fundamento ideológico; también edificaron un muro para que ningún corpúsculo occidental enviciara el experimento. En 1989, con la caída del muro de Berlín, cayó también una concepción de la Historia.

Hay dos aspectos a considerar: uno, la política exterior argentina. Otro, la violación de los derechos humanos. Kirchner se humilló gratuitamente ante Castro. De allí su bronca y la decisión de expulsar a dos funcionarios. Pero Kirchner no puede pecar de ingenuidad. Debe reconocerle a Castro su lógica maquiavélica. Nunca aceptó presiones, ni internas ni del extranjero. ¿Qué pretendía Kirchner? ¿Qué Castro cambiara décadas de inercia por una carta sensiblera con un objetivo más político que humanista, como señala Alvaro Abós (La carta cubana. La Nación, 04/01/05, p. 19)? Es absurdo. Pero es lo que pensó Kirchner, habituado a sueños de gloria (que sistemáticamente se le escapan de las manos): Gardel, San Martín, el préstamo chino. La estrategia epistolar para fortalecer a Bielsa o Cristina Fernández con miras a las elecciones de 2005 zozobró.

Los países serios no actúan así. Si hace pocos meses Kirchner se abstenía en la votación de la ONU sobre Cuba, ignorando voluntariamente el dilema de los derechos humanos, no puede ahora bregar por los derechos de Molina. Primero apoyó a Cuba; ahora la increpa. Hubo una innecesaria exposición del Presidente, y la política exterior argentina es desprolija, fortuita. La actitud deslucida de Kirchner (cfr. Prolongada adolescencia del Sr. Presidente. Castellanos, 17/12/04) se reafirma con cada nuevo desliz. ¿Qué papel cumplen sus asesores? La política exterior argentina debe ser política de Estado y no estar supeditada a los vaivenes anímicos de cada Presidente.

Nadie explicó aún porqué Molina no puede salir de su país si no ha cometido delito. El gobierno cubano reconoce que no está acusada de nada. El motivo humanitario esgrimido por ella, su hijo y el gobierno argentino no dio sus frutos: Molina pasó las fiestas de fin de año en Cuba, y sigue sin conocer a sus nietos. ¿Conseguirá algo el gobierno de España?

Nora Cortiñas, de Madres de Plaza de Mayo (línea fundadora), respaldó la «libre determinación de los países en materia de derechos humanos» (sic). Qué paradoja, porque cuando Videla y sus huestes asolaban el país, fue el presidente estadounidense Jimmy Carter quien se inmiscuyó en los asuntos argentinos, impulsó los derechos humanos y escuchó, a través de la embajada de EE.UU. en Buenos Aires, a las abuelas y madres. En ese momento estas mujeres agradecieron que alguien las ayudara, estableciendo un principio ético y de sentido común: los derechos humanos son universales, y no pueden ser manipulados por un Gobierno, sea éste de derecha o de izquierda.

Además, hay “olvidos” que empañan toda buena intención: durante el Proceso, Cuba nunca votó en la ONU a favor de los derechos humanos en Argentina. Castro apoyó a Videla, y lo invitó a la conferencia de países no alineados que se hizo en Cuba. Mención aparte son los 1500 millones de dólares que Cuba nos adeuda desde 1973, cuando “compró” maquinaria agrícola al Estado argentino.

El caso Arenas

Reinaldo Arenas escribió un libro memorable que debería ser materia de lectura obligada para los cancilleres, embajadores y presidentes que tengan relación con Cuba: Antes que anochezca (Tusquets, 1992). En él refiere su propio calvario, equivalente al de miles de cubanos. Se puede aprender de este libro a vislumbrar el cinismo de un régimen cuya única verdad es Fidel, alrededor del cual giran los obsecuentes del sistema, o bien por convencimiento o bien por miedo. Fuera de esa noria ilegítima (nadie votó a Castro) se extiende el pueblo cubano, sometido y partícipe necesario de la iniquidad. En este libro Arenas hace una cristalina definición: «La diferencia entre el sistema comunista y el capitalista es que, aunque los dos nos dan una patada en el culo, en el comunista te la dan y tienes que aplaudir, y en el capitalista te la dan y uno puede gritar» (p. 309).

Esta sentencia se rubrica con un ejemplo. Se critica con cierta razón a Estados Unidos. Pero en Estados Unidos existe un Michael Moore capaz de realizar Fahrenheit 11/9, en donde pone en evidencia las maniobras delictivas del Presidente George W. Bush y su familia. ¿Existe alguien similar en Cuba? No lo sabemos porque quienes podrían hacerlo son presos políticos. La categoría es indiscutible, porque el mismo gobierno ha enumerado los delitos: desde «hacer propaganda a favor de los Estados Unidos» a «pensar diferente y contra la revolución», o «poseer una máquina de escribir sin autorización».

Castro nunca fue elegido democráticamente. Él mismo se aupó al poder hace 45 años y estableció las reglas. Todo lo demás (incluyendo los derechos humanos a los que Cuba, paradójicamente, adhiere) no tiene cabida. La artimaña despierta recelos. ¿Castro teme que no lo voten en elecciones libres o que si Molina viaja no quiera regresar? Cuba se parece a la “isla de la fantasía”, la serie televisiva en donde Ricardo Montalbán y el enano Tatoo hacían realidad los sueños de los adinerados que llegaban en el avión, pero nada se sabía de los que trabajaban allí a diario. Buena parte de la población cubana no vacila en abandonar el “paraíso” con riesgo de la vida, en barcas que naufragan a los pocos kilómetros. ¿Esto no hace pensar que algo anda mal en Cuba?

La “igualdad”

Michael Moore marca la diferencia más simple, irrefutable y profunda al mismo tiempo: un país democrático es aquel en donde un ciudadano puede criticar abiertamente al presidente sin temer la censura ni la cárcel. Un régimen totalitario, en cambio, reniega de toda postura disidente, y procura acallar a quienes osen expresarse contra el sistema. Este contraste debería alertar a los que vivaron a Castro en Buenos Aires. ¿No comprenden que bajo el romanticismo revolucionario se oculta el fascismo de izquierda? Fascismo de izquierda, en palabras de Tomás Abraham, es cuando «la cara de la justicia se quita las vendas de los ojos e ilumina a una vanguardia esclarecida que habla en nombre de lo que debe querer la gente» (revista Noticias, 28/08/04. p. 89). Es decir: cuando unos deciden por la mayoría, creyendo interpretar sus deseos. En palabras de Orwell: todos los hombres son iguales, pero hay algunos más iguales que otros.

Reconocer que Cuba es una dictadura no es políticamente correcto, pero es parte de la responsabilidad de ser intelectual. Así lo entendió José Saramago con su célebre «hasta acá llego», cuando Castro fusiló en 2003 a los balseros disidentes, y así no lo entiende Gabriel García Márquez, escritor fetiche del régimen y adicto a sus ignominias. La distancia entre uno y otro no es sólo estilística, sino fundamentalmente moral. Una dictadura no es mejor que otra. Castro esgrime la retórica y la demagogia de un discurso que se dice de izquierda pero que actúa con todo el rigor, la incomprensión y la violencia de la derecha. No sólo disfruta encerrando a opositores, sino que persigue a homosexuales, intelectuales y artistas en general, en una suerte de “misión depurativa”. ¿No intentó algo similar Hitler? La paradoja está en que la derecha acostumbra a violar los derechos humanos, pero la izquierda dice defenderlos.

Si los derechos humanos sólo contemplan una parcialidad son una falacia. ¿Cuándo lo comprenderán las sociedades esclarecidas de occidente? ¿Cuándo se comprenderá que la defensa de los derechos humanos exige el deber humano del posicionamiento y la denuncia?

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 07/01/2005. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2005.