Lejos, las aguas se iban llenando
de luna de color vieja y muy triste.
Gabriel Miró
Él supo pronunciar el dulce nombre de María
y buscar los vestigios en el huerto, azada en mano,
tras la amarga frialdad de los quietísimos terrones
que tamaño dolor e ingratitud vieron antaño.
Dos vidas para idéntica alma de viajero no olvidado
Una luz tenue y feliz cuando les llegó la muerte,
una similitud veraz en sendas miradas.
Dos sueños para la misma boca levantina.
Besada con vehemencia la reiterada luna
que ofrecía su amor sin promesas fingidas,
no pudo la pecunia permutar los destinos.
No logró el corazón dominar a la parca.
Se comieron las cándidas y encarnadas cerezas
y tiraron los huesos junto al gris camposanto.
Dos destinos escritos sobre un anclado barco
pactaron con las olas la bella felonía.
En la escollera azul del añorado sentimiento
dormía un rayo de luna llena e insistida
que perpetuó su fugaz y lunático abrazo
en una rama del cerezo estival e idolatrado.

