La noche del domingo 25 de marzo se dedicó en televisión al cuerpo de la mujer, más que a la mujer en sí. En una cadena se trataba de arreglar el aspecto de unas mujeres acomplejadas por sus defectos físicos, que necesitaban más un psicólogo que un cirujano; en otra cadena, un desfile de bellezas que no necesitaban arreglo. Pero infelices unas y otras, frustradas y llorosas por unos u otros motivos. Las feas por su desgracia, superada tras dos meses de operaciones estéticas, las guapas porque no alcanzaban el deseado premio a la más hermosa, pese a que no se podían quejar si se miraban al espejo. Todas ellas pendientes de sus cuerpos exhibidos para regocijo del morboso espectador. A unas las marcaban como ganado en las zonas en donde les sobraba grasa y a las otras las iban descalificando superadas por otras más bellas según el criterio de los espectadores y del jurado. Las clínicas de estética pueden hacer su agosto con tanta promoción de cambio radical. La audiencia prefirió ver a las feas que a las guapas porque atrae más la desgracia que la fortuna y porque nos sentimos más cerca de lo vulgar que de lo exquisito. Barriendo para casa, Miss Zaragoza era muy guapa y merecía mejor suerte.

