Hasta los dientes

Uno no puede,
siempre,
andar gritando al mundo a voz en cuello
todo lo que te quiere.
Uno no puede,
a veces,
olvidar el idioma en que la vida
anda sacrificando mariposas
bajo nuestras promesas de Septiembre.
Por eso son forzosos los crepúsculos,
cuando el cielo en silencio nos desteje
sus ovillos de noche estremecida
por un filo acechante de jazmines
y rosales silvestres.
Por eso son vitales las caricias,
la risa al viento,
el beso que sucede
y nos exilia de la hipocresía,
de los negros olvidos,
de la lluvia
con que el odio desnuda la intemperie…
y nos enciende huecos de panales
y nos amarra al borde de la luna
como gaviotas a lejanos muelles.
Por eso,
en ocasiones,
suelen ser perentorias las miradas
que escrutan la tibieza de las pieles.
Esas que acaso trenzan la ternura
en la semilla pura de tu vientre
para ejercer el cielo o el abismo,
las del reloj de sangre,
las que engendran
la magia prodigiosa de los duendes.
Por eso,
¿de qué sirven las palabras?
¿no es hermoso
ir armados de amor hasta los dientes,
sin más desvelo que morder la sombra
en la hondura ritual de tu relieve?
sabiendo que a pesar de todo esto,
uno nunca ha podido,
uno no puede
andar gritando al mundo
a voz en cuello
todo lo que te quiere.

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