{A la Vanagloria}.
{En especial, al academicismo que niega el sustrato esencial de lo literario local, regional y nacional, en torno a los vocacionales y esforzados trabajadores de la Palabra}…
El hombre bajo, de modesta figura, caminó sin prisa por el vecindario, distraído de grandes problemas, pero atento al rumor de los grillos con que, la primavera -alargada sobre el verano-, susurraba…
Enardecida su sangre por la fragancia de los tardos azahares, melosos y húmedos de rocío, sólo alzaba la mirada para ubicar su origen, semejante a una lluvia de enero golpeando cacerolas en desuso a los fondos de viejas casonas descascaradas.
Don Cristóbal Parenti tenía la mente hueca pero el corazón ensanchado hacia el mundo, como una rosa de los vientos. Lo cual no era, sino, la rutinaria manía de su alma por acumular datos que, al cabo de mil horas, mil días o mil años, podría aprovechar -quizás- bajo el nombre de “inspiración”. Tal su fe en la vida y su devota comparencia y complacencia hacia un Oficio que intentaba merecer…
Sin embargo, ya por la forma de marcha cabizbaja (reforzando imágenes para su congénita miopía), o por la dicha presta atención al rumoreo nocturno circundante, la medalla de luz que pendía sobre él desde un cielo neblinoso aunque estrellado, escapó a sus sentidos. La ancestral energía de fuegos abismales y pasados remotos, no alcanzó a herir su sensibilidad -por alguna razón, al menos- esa noche.
Un cierto cansancio distinguía a tan pasiva actitud de percepción de lo real. Con la expresión ceñuda y el aliento sofocado, el hombre, que había recorrido en medianoche un largo trecho de ciudad, tornaba morosa su vuelta al hogar. Matilde espearía acostumbrada ya a los extraños desvelos del viejo y notorio escritor.
Había salido en busca de personajes destilados en Octubre por el Humo de las Brujas, pero con magros resultados; y había concluido en un frustrado esfuerzo de aprehensión, lo que hubiera deseado como tiempo de creación.
Por eso, cuando balanceaba sus manos -rítimicamente- con la vista clavada más allá de la razón, elucubrando que con la fe creía y con la imaginación creaba, y sus pobladas cejas grises se arqueaban -contraídos sus rasgos sicilianos por la molesta picazón de un tic nervioso-, y sus zapatos habanos y brillantes sacudían tremebundos las veredas del barrio desierto -dejando una ráfaga de sonidos roncos a sus espaldas-, y aquella cosa extraña se acercó volando y practicó floreos a su alrededor, diciéndole “Hola”, nada escuchó; y continuó apretando baldosas, deletreando hormigas desmemoriadas y acusando miradas errantes hacia los faros de luz mortecina que oxidaban la oscuridad, develando la presencia de audaces aunque esquivos fantasmas en la oquedad santafesina…
“Hola”, perseveró la barba. “¡Hola!”, insistió y, ahora sí, un azorado don Cristóbal se detuvo donde ella levitaba como suspendida por esencias misteriosas.
“¿Qué?”, musitó éste, y la barba dio vueltas sobre su calva irrefrenable., peelizcó incluso su rollizo mentón, dibujó una hipérbole en el aire, se apartó luego de la aturdida cabeza, y se quedó inmóvil frente a los ojos celestes y opacos, desorbitados por tamaña aparición.
“¿Quién o qué es usted?”, interrogó un trémulo don Cristóbal.
“¿Yo?”; una barba, claro está”, dijo meneando sus contornos bajo una rayo de plata que arremetió heraldo contra la copa de un ufano paraíso.
“Pero, ¿y su cabeza”, espetó el viejo paralizado por la inefable presencia.
“¿Mi cabeza?”, exclamó la barba. “Oh, ¡Mi cabeza!… ¡Sí!, ¡mi cabeza! ¿Dónde está mi cabeza?”, gritó malhumorada.
“Sí, su cabeza”, insistió el anciano. “¿A quién pertenece usted? Porque, imagino, debe pertenecer a alguien. Todas las cosas -incluyendo a una barba- pertenecen a alguien…”. aseguró, mientras abandonaba su rígida postura entusiasmado por la simpatía de aquel ser imposible.
“Claro, todas las cosas pertenecen a alguien,…”, aceptó ella, y había una suerte de congoja en su invisible tono de voz… “ … ¡o debieran pertenecer!”, afirmó luego con afectada grandilocuencia. Después, hizo silencio, giró sobre sí, y expresó con rabia: “¡No encuentro a mi cabeza! Busco por arriba y por abajo y por todos los costados, y no encuentro a mi cabeza. Tampoco encuentro al cuerpo de mi cabeza… No entiendo, porque cuando quise hablar con usted, me palpé por entera y nada me faltaba. Pero no crea. Me engaño sola muy seguido… Y usted debe estar bastante asustado, ¿verdad? Encontrar una barba sin cabeza no es cosa de todos los días. Es algo raro, inusual, ¿no es as?”.
La barba esperó el rotundo asentimiento de su interlocutor, pero don Cristóbal -que había imaginado a miles de seres incompletos en sus cuentos y novelas fantásticas- dio a la barba la respuesta contraria…
“¿Cómo?”, demandó enojada. “No negará, acaso, que quedó hace instantes como inmovilizado de terror. No lo negará, ¿verdad?”. La barba hablaba secamente y parecía bastante ofendida.
Don Cristóbal, superando el trance de la sorpresa, recuperó el tino y se puso a computar el hallazgo como un posible argumento. Había logrado, desde ya, su ansiado momento de creación.
La barba insistió: “¿Y ahora, qué hago? No encuentro a mi cabeza, debo haberla perdido quién sabe dónde y con quién, y, por lo demás, a usted le causa gracia”.
“Yo-no-he-dicho-nada”, retrucó el viejo sonriendo.
“Sí, pero su rostro lo confirma. Se burla de mí… Estoy sola. Y triste. Por mucho tiempo, desde que olvidé mi cabeza, creo, en un oscuro negocio, he mentido y vagado y tratado de pertenecer a alguien. He probado con mucha gente, pero a nadie parezo interesar; y, al final, o se alejan atemorizados, o se ríen de mí porque dicen que soy como la broma de un parasicólogo o la sugestión de un almuerzo demorado… Si la tuviera podría llorar y compadecerme un poco. Pero, ni eso…”.
“Bueno”, dijo el viejo. “Tengo una idea. Verá, a dos cuadras de aquí, frente a mi casa, hay un local de modas. ¿Lo ve? Donde titila el cartel en rojo. En ese lugar hay muñecos que visten muy bien y se pondrían felices de tener una barba”.
La barba protestó.
“¡Ah, no! ¡En un muñeco no!… Si he de pertenecer a alguien, será de carne y hueso. ¡Estoy viva y no soportaré corresponder a quien no lo estuviera!”.
Don Cristóbal suspiró, se miró la punta de los zapatos habanos y brillantes, carraspeó, dirigió una última y elíptica mirada a las azoteas del vecindario -bañadas de luna-, recorrió el enjambre de antenas que las arbolaban, se tomó el rostro, y dijo, agravando la voz: “Perfecto; entonces, me pertenecerás”, y desvió con firmeza los ojos hacia aquel cúmulo de pelos vibrátiles que, por algún lado y de alguna forma, lo observaba.
“¿A usted? Pero, usted es… importante, famoso, ha escrito muchos libros que ha leído mucha gente. Su nombre figura en folletos ilustrados, y yo solo soy una barba que ha perdido, por descuido, malas artes, o, pero que eso, ¡por trampas de la vida!, su cabeza…, su justa y medida cabeza; sencilla, académica y educada. Aunque deshonesta a veces, a causa de…”, aclaró intempestiva en un arranque de sinceridad y franco arrepentimiento.
“No importa”, aclaro don Cristóbal. “Es cierto. Soy un hombre famoso. Todos los hombres famosos hace cosas raras. Se los llama: ¡intelectuales excéntricos! Algunos crían perros o gatos, enjoyan sus dientes o emperlan sus gaznates grabando en oro sus nombres falsos. Otros, al parecer, más humanos, sostienen orfanatos o adoptan niños abandonados que luego se encargan de malcriar… O compran yates, helicópteros, camionetas todo terreno y casas de veraneo en cualquier parte del mundo. ¡O tienen una barba!
Yo, en cambio -y por serlo-, debo aparecer bastante necio ante mis colegas de Oficio, todos académicos y famosos. Claro, ¡que un humilde trabajador de la Palabra haya trascendido, no tiene perdón! ¡Es que , ni siquiera, fumo en pipa como ellos! Lo intenté sin embargo. Juro que lo intenté. Un día, ya de muy joven quise hacerlo y, tratando de impresionar a mi padre, soslayé su autoridad opinando: que un escritor quiera fumar en pipa es algo natural; forma parte de su status quo -al menos, por estos lares. Lo difícil, papá, es que alguien, porque fume en pipa, pueda serlo; digo, un buen escritor”. Pero mi padre -en silencio- sólo miró mis ojos y, tras esto, sus lacónicas reprimendas y consejos sobre la salud de pulmones y mente llegaron hasta mí, en la inquisitiva aspereza de un gesto insobornable… Así que ahora, camino de la ancianidad, creo no ofender a nadie si, amén de fumar mi pipa, hago algo que los demás hombres famosos ya han hecho. Por eso, no te asombres, amiga: ¡voy a adoptarte; y yo también, tendré una barba!”.
La barba, orgullosa de su habilidad para embaucar a los hombres, se mostró feliz y voló lejos, muy lejos del apacible vecindario. Bailoteó un rato frente a la faz de la luna, y, zumbando, aterrizó bajo el sexagenario mentón que, de aquí en más, en tapas de libros y revistas, aparecería con barba, pipa y bastón, arqueando cejas a lo Dalí, dibujando volutas de humo en el set artístico del ambiente literario local, y entreviendo en su nerviosa sonrisa de hombre público -sin tiempo para nimiedades-, el precio de su aristocrática fama artificial…
“Me llamo Vanidad”, confesaría ella más tarde.
Pero sería muy tarde.. Porque esa misma noche, hacia una madrugada de arañas y felinos pordioseros y en celo, don Cristóbal ensayó una crónica que no publicó.
Y hasta presintió que, perdida la modestia, jamás podría volver a escribir.-
{Santa Fe (Argentina), Enero de 1981. Texto ajustado al 15-09-2006.
Publicado en Diario “El Litoral” – Santa Fe, el 30-06-81.
Publicado en la Revista “El Pregón Literario” – Asociación Arte y Cultura (San Lorenzo – Provincia de Santa Fe, Argentina). Noviembre de 1982.
Mención Especial Concurso de Cuentos “El Quijote de Plata V” – Asociación Arte y Cultura (San Lorenzo – Provincia de Santa Fe, Argentina). Noviembre de 1982.
Su versión original integró la primera edición del presente Libro “Breve Sinfonía y otros cuentos” (Ediciones Colmegna S.A. – Santa Fe (Argentina), Marzo de 1990), págs. 93/97}.
ADRIAN N. ESCUDERO – Santa Fe (Argentina). Breviario curricular: Nacido en SANTA FE (ARGENTINA) (1951) – Autor de los libros de cuentos editados: “LOS ULTIMOS DIAS” (1977); “BREVE SINFONIA Y OTROS CUENTOS” (1990) y “Doctor de Mundos I – EL SILLON DE LOS SUEÑOS” (2000); continuado en saga con “Doctor de Mundos II – VISIONES EXTRAÑAS” (Inédito, 2005-2006) y “Doctor de Mundos III” – LOS ESPACIALES (2005, en desarrollo); así como, entre otros, de los libros de cuentos inéditos: “NOSTALGIAS DEL FUTURO” – Antología Fantástica (Ficción científica) (La Botica del Autor, 2005); “MUNDOS PARALELOS y Otros Cuentos para un Semáforo” – Colección de Realismo Mágico (La Botica del Autor, 2004-2006, en desarrollo); “DESDE EL UMBRAL – Terrores Cotidianos y de los otros” – Colección de Horror (La Botica del Autor, 2005-2006, en desarrollo); LA TORRE DE LOS SUEÑOS (Y LOS SUEÑOS DE LA TORRE) (La Botica del Autor, 2005, en desarrollo), y “EL EMPERADOR HA MUERTO y Otros Relatos” – Colección de Realismo Mágico (La Botica del Autor, 2005, en desarrollo); todo sobre relatos inscriptos bajo registro en la Dirección Nacional del Derecho de Autor (Ministerio de Justicia y Culto de la Nación). Domicilio particular: Obispo Gelabert 3073 – (3000) Santa Fe (Argentina) – Te.: (0342) 455-4811 – E.mails: adrianesc@fibertel.com.ar y adrianesc@hotmail.com.-

