(Dedicado de forma especial a los niños)
Una vez… hubo un pasado
de rosa lleno y aguamiel,
ningún odio lo quería,
ningún mal de Lucifer.
Soñaba desde su ciencia,
con su delicia y querer,
lazarillo por los vientos
-el Neruda de altivez-.
Y veía la Belleza
sin pagarla, sin estrés
-virtud con lo amado, dulce,
estrellería de Edén-.
En eso, la verdad -suave-
acunaba a su interés
en silencio sin igual
el dulcísimo entender.
Ya ni Marx lo esperaría,
ni Bolívar ni Daudet,
que lo puro fuera brillo,
que lo simple fuera almez.
Una vez… hubo un pasado
que a lo más pudo la fe,
rielar más cerca de todo,
llorar de su iris tal vez.
Cual Pegaso hacia el viento
le guiñaba a La Fontaine;
luego, libaba en su lar
del aroma del clavel.
Ningún odio lo temía,
nada podría temer;
lo desnudo lo enamoraba,
el río, el amanecer.
Así era aquello, sí,
con el dejo en un vaivén;
así fue entre sus misterios
¡tan sin más! -nunca un perder-.
Así: casi azul de todo
cual El Dorado o su bien,
sonrisa del mar, del tiempo,
impávida entraña fiel.

