El cerco naval y terrestre de 1539 donde cuatro mil infantes hispanos contuvieron al grueso de la armada otomana en el Adriático

En el verano de 1539, la pequeña fortaleza de Castelnuovo (la actual Herceg Novi, en la costa de Montenegro) se convirtió de pronto en el centro neurálgico del Mediterráneo. La Santa Liga —coalición forjada un año antes entre el emperador Carlos V, el papa Paulo III y la República de Venecia frente a la expansión naval otomana— se había disuelto tras hondas discrepancias estratégicas.
Al ocupar la plaza dálmata con la flota aliada de Andrea Doria, Venecia reclamó de inmediato su control para consolidar su hegemonía en el Adriático. Ante la rotunda negativa de Carlos V, que contemplaba el enclave como una sólida cabeza de puente con la que amenazar Constantinopla y enlazar con las fuerzas de Austria, la Señoría de Venecia rompió la alianza.
Acto seguido, retiró el suministro de provisiones y buscó pactar por separado con el sultán Solimán el Magnífico.
Aislados a orillas del Adriático quedaron alrededor de cuatro mil infantes del Tercio Viejo bajo el mando del maestre de campo Francisco Sarmiento. La tropa agrupaba quince banderas procedentes de los tercios de Nápoles, Florencia, Lombardía y Niza, acompañadas por capitanes veteranos como Juan Vizcaíno, Pedro de Sotomayor, Zambrana y Machín de Monguía, junto a un puñado de jinetes y quince artilleros a las órdenes de Juan de Urres.
Confiaban en el auxilio prometido por el virrey de Sicilia, Ferrante Gonzaga; sin embargo, Andrea Doria, fondeado en Otranto al mando de tan solo 49 naves, comunicó a Carlos V la imposibilidad de acudir en su rescate ante el descomunal despliegue naval turco.
El ultimátum de Barbarroja
El 15 de julio de 1539 las aguas de las Bocas de Kotor se cubrieron con la imponente armada de Jeireddín Barbarroja: 130 galeras y 90 buques auxiliares con veinte mil combatientes, incluidos cinco mil jenízaros de élite. Al mismo tiempo, por tierra, el gobernador de Bosnia avanzaba con treinta mil soldados para consumar el bloqueo total. Castelnuovo quedaba cercada por mar y tierra ante una proporción de diez enemigos por cada defensor.
Antes de desatar la artillería pesada, Barbarroja intentó capitular la plaza por la vía rápida. Ofreció una evacuación con plenos honores militares hasta puertos italianos e incluso una generosa paga de veinte ducados a cada soldado de la guarnición a cambio de entregar la artillería y las municiones.
Sarmiento convocó a sus capitanes y la respuesta fue tajante: rechazar cualquier tipo de rendición.
Ya en las primeras escaramuzas de tanteo, el maestre de campo escribía al virrey Gonzaga informando del rechazo de la vanguardia enemiga:
Serían hasta 5000 turcos y dieron sobre la escolta los 1000 de ellos y la otra parte vino por donde V. E. desembarcó […] quiso Dios darnos tan buena aventura con ellos que los matamos cincuenta turcos, confesado por relación de ellos y otros muchos heridos […] desbaratamos a todos 5000 y así fue rota la una parte de ellos y dándoles la caza hasta pasar la montaña de los soldados solo uno fue herido, y otro ninguno fue herido ni preso ni muerto.
El 23 de julio, tras levantar un cerrado cordón de trincheras e instalar las baterías de sitio, Barbarroja lanzó un último requerimiento.
La respuesta de los sitiados se conserva en el Archivo General de Bruselas:
Tras reunirse oficiales y tropa, acordaron unánimemente que querían morir en servicio de Dios y de Su Majestad, […] y que viniesen cuando quisiesen.
Fuego cerrado y salidas a la desesperada
Al amanecer del día siguiente, en vísperas de Santiago, las fuerzas otomanas asaltaron los muros. Durante las jornadas más agónicas, la moral de los defensores se sostuvo tanto por su férrea disciplina de combate como por el papel del obispo Jeremías. Tal como relata el testimonio de Bruselas:
No hubo soldado en este tiempo a quien no hiciese confesar y tomar el Sacramento. Andaba con una cruz en la mano en lo más bravo de las baterías, esforzándolos y animándolos como hombre santo.
Pese a encontrarse cercados y sabiendo que el navío de socorro procedente de Nápoles lo habían interceptado, los soldados del tercio no se mantuvieron a la defensiva.
En audaces salidas por sorpresa, columnas de asalto rompieron las líneas enemigas. En una de estas incursiones diurnas, seiscientos infantes cayeron sobre el campamento otomano, causando estragos entre los jenízaros y provocando una desbandada que llegó a derribar la propia tienda de campaña de Barbarroja.
Desconcertado por el número de bajas y por los errores de su propia artillería, que llegó a batir a sus propias columnas de asalto, el almirante turco cambió de táctica. Durante la primera semana de agosto concentró el fuego ininterrumpido de sus cañones contra la fortaleza alta. La muralla acabó cediendo por completo, dejando apenas quinientos soldados ilesos en condiciones de empuñar las armas.
La última trinchera en el puerto
Sin baluartes elevados donde sostener la línea, Sarmiento ordenó el repliegue de los supervivientes hacia el castillo bajo, situado junto al muelle. Allí, cercados por una marea de tropas enemigas, los capitanes Juan Vizcaíno, Masquete, Serón, Luis de Haro y Machín de Monguía decidieron resistir hasta la muerte.
Un puñado de soldados logró escapar hacia la vecina República de Ragusa y entre tres y cuatro decenas, en su mayoría malheridos, acabaron como esclavos en Constantinopla. Si se les hubiera podido preguntar cuántos eran al concluir la batalla, bien habrían podido responder como el espartano en las Termópilas: «Contad los muertos».
Un miembro de la escuadra de Vizcaíno, superviviente del asedio, narró años después los instantes finales:
Ya la tierra por todas partes era tomada. Y Juan Vizcaíno murió allí, peleando como valiente hombre. Y Francisco Sarmiento, andaba a caballo y bien herido. Y queriéndolo salvar, no quiso, y dio espuelas al caballo, y metióse peleando en la mayor furia de los genízaros. Que no se halló muerto ni vivo, ni saben qué se hizo.
Esta proeza estremeció a toda Europa y se convirtió en un hecho heroico cantado por distintos poetas de la época, si bien en la actualidad son muy pocos los que conocen la verdadera dimensión de aquella hazaña. Entre todos ellos, el gran poeta sevillano Gutierre de Cetina consagró a la memoria de aquellos defensores uno de los sonetos fúnebres más recordados de las letras hispanas:
Héroes gloriosos, pues el cielo os dio // más parte que os negó la tierra // bien es que por trofeo de tanta guerra // se muestren vuestros huesos por el suelo. // Si justo es desear, si honesto celo // en valeroso corazón se encierra // ya me parece ver, o que sea tierra // por vos la Hesperia nuestra, o se alce a vuelo. //No por vengaros, no, que no dejasteis //a los vivos gozar de tanta gloria.//Que envuelta en vuestra sangre la llevasteis //sino para probar que la memoria//de la dichosa muerte que alcanzasteis //se debe envidiar más que la victoria.
Fuentes documentales y lecturas recomendadas
- Archivo General de Bruselas: Manuscrito y relaciones coetáneas sobre la toma y defensa de Castelnuovo en 1539.
- Arsenal, León y Prado, Fernando: Rincones de historia española, Madrid, EDAF, 2018.
- Fernández Álvarez, Manuel: «La gesta de Castelnuovo», Historia 16, nº 111, 1985, pp. 37-42.
- Fernández Álvarez, Manuel: Carlos V, el César y el Hombre, Madrid, Espasa Calpe, 1999.
- Martínez Laínez, Fernando y Sánchez de Toca, José María: Tercios de España. La infantería legendaria, Madrid, EDAF, 2017.

