“Lázaro, levántate y anda”
Voy a comenzar este artículo refiriéndome a una de mis más profundas convicciones: Cuanto más poder, mayor tiranía.
¿Puede existir bajo la capa del cielo un poder justo? No lo creo, fundamentalmente porque “justicia” e “injusticia” son conceptos cuya potestad no puede ejercer con acierto la imperfección humana.
Sadam ha sido ejecutado: condena implacable en nombre de la Justicia. De nada han servido la voz airada de la rebeldía, las firmes razones de los Estados llamados libres ni, en paralelo, la petición de clemencia del Papa. ¿Por qué? Sencillamente, porque el peso de dichas manifestaciones ha sido insuficiente en alto grado para contrarrestar el poder exagerado de un hombre. Tan sólo de uno.
Todos esperábamos el desenlace. Los vengativos, con manifiesta alegría; otros, con sentimiento de temor; los más, expectantes; yo, como millones de almas hambrientas de paz, con dolor. Sin embargo -esto es lo triste-, nada ha cambiado: el hombre sigue odiando, la paz se nos aleja con rapidez, y más allá de la razón y de la sinrazón, por encima de voces clementes y de invocaciones a la Concordia, el poder terrenal se atribuye dones cuasi divinos. De ahí las condenas a la horca, al garrote vil y a otras barbaridades no menos horribles.
No voy a esgrimir argumentos contrarios a mis convicciones. Ni Pinochet ni Franco, por citar solamente a dos tiranos, han sido merecedores de la máxima pena. Pese a sus atrocidades se han ido, como debe ser, por muerte natural. Si yo fuese creyente rogaría a Dios por la salvación de sus almas respectivas.
Hoy es Nochevieja. La calle está en silencio y millones de personas despedirán el año con alcohol, insensibilidad ante el dolor y desenfado. Yo, por el contrario, dejándome llevar por los impulsos místicos que me invaden, pediré a la Inteligencia cósmica una tregua para que el ser humano pueda meditar sobre la dicha de vivir con dignidad.

