PALOMAS EN LA BASÍLICA

Las palomas vuelan y ríen,

suben y bajan,

arrullan y aman;

nunca olvidan la Basílica,

en la vidrieras cantan maitines.

No hilan, ni siembran, ni recolectan.

Siempre su mesa está bien puesta

del maná de las bodas

y de las manitas infantiles.

Siempre su vestido, planchado y limpio,

Siempre el aire, sin atascos, provisto,

Siempre tienen su nido,

sus hijos en casa

y su cornisa llana.

Rezan a solas en su intimidad.

No saben de patrias,

de lenguas ni naciones,

su frontera es la brisa

y la amistad.

No indagan amores interpuestos.

No se cansan de sus hijos

ni los enseñan a comer,

simplemente picotean con habilidad.

No ponen un pico a este

y otro a aquel.

No discuten por molestias del vecino.

No hablan del frío ni del calor.

No llaman por teléfono.

No tienen deneí, ni seguridad social.

No les duele la cabeza

ni van a la tienda.

Se contentan con su trabajo y su sol.

Les basta su amanecer y su anochecer.

Viven alegres su rama verde

y toman su agua sin más sabor

que la pureza natural.

Son amigas, se visitan, se cantan,

se hablan y se arrullan;

y saludan al viento y a la lluvia

y aplauden el alba y el crepúsculo.

Si enferman se callan

y olvidan el entierro.

Dejan que los tenues dedos de las nubes

escriban su epitafio

y abran su tumba.

Camilo Valverde Mudarra