Las palomas vuelan y ríen,
suben y bajan,
arrullan y aman;
nunca olvidan la Basílica,
en la vidrieras cantan maitines.
No hilan, ni siembran, ni recolectan.
Siempre su mesa está bien puesta
del maná de las bodas
y de las manitas infantiles.
Siempre su vestido, planchado y limpio,
Siempre el aire, sin atascos, provisto,
Siempre tienen su nido,
sus hijos en casa
y su cornisa llana.
Rezan a solas en su intimidad.
No saben de patrias,
de lenguas ni naciones,
su frontera es la brisa
y la amistad.
No indagan amores interpuestos.
No se cansan de sus hijos
ni los enseñan a comer,
simplemente picotean con habilidad.
No ponen un pico a este
y otro a aquel.
No discuten por molestias del vecino.
No hablan del frío ni del calor.
No llaman por teléfono.
No tienen deneí, ni seguridad social.
No les duele la cabeza
ni van a la tienda.
Se contentan con su trabajo y su sol.
Les basta su amanecer y su anochecer.
Viven alegres su rama verde
y toman su agua sin más sabor
que la pureza natural.
Son amigas, se visitan, se cantan,
se hablan y se arrullan;
y saludan al viento y a la lluvia
y aplauden el alba y el crepúsculo.
Si enferman se callan
y olvidan el entierro.
Dejan que los tenues dedos de las nubes
escriban su epitafio
y abran su tumba.

