TIERRAS SOLARIEGAS DE LA MESETA CASTELLANA

Bajo un cenobítico silencio, los madorosos y mansejones bueyes alomaban los terrosos pejugales, mientras el implacable sol castellano refulgía con intensidad sobre las planchas metálicas del lignario cetril que les separaba; sus aspérrimas pezuñas pisoteaban las excrecencias y sumidades de un terreno enjuto, seco, y polvoriento. Así, al llegar a la espuenda, muy cerca de la desrayadura que linda con los incólumes ceneros, donde crecen los jaldes codesos, el labriego detiene lentamente la yunta, para alzar su velloso brazo, y retirar de su frente con el revés de la palma de su mano, las ardorosas gotas de sudor que empañan sus ojos. Tras retirar la acuosa veladura dirige su mirada hacia varias cigúeñas de gran envergadura, que sobrevuelan en ese momento los sativos campos limítrofes, y un robledal cercano que destaca en el monótono paisaje, por su verdejo color, en contraste con las rasas y allanadas parcelas, cuya cromática se tizna por el albazano de la cebada, y el azafranado del trigo.

El labriego dirige sus pasos por el verdegal hacia un sáxeo pozo de caliza que se halla situado en ese ángulo de la heredad, junto al acirate; una vez allí coge un caldero plateado, (que al ser manipulado emite unos metálicos sonidos reverberantes verdaderamente eufónicos), y lo desliza con ayuda de la polea hasta el fondo de la oquedad, una vez llenado el acetre de agua, lo sube enérgicamente para refrescarse con la pureza y frescura de un agua límpida y freática.

Así, tras saciar su sed, el labriego invoca a su fiel perro alano, una mezcla de dogo y lebrel, un ejemplar corpulento y fuerte, con la cabeza grande, las orejas caídas, el hocico romo y arremangado, la cola larga y el pelo corto y suave.

El perro juguetea a solaz durante unos instantes con su amo, y le sigue a cada paso que da, ladrando y cruzándose en su camino, estorbándole en su recta andadura.

Así, mientras el cielo comienza a teñirse de un degradado tinto aloque, la yunta, el quintero, y su fiel animal abandonan la finca por una estrecha servidumbre cuyos márgenes se hallan flanqueados por terrosos caballones, en su lento caminar pasan junto a una pequeña ermita románica, un templo exigüo, empedrado con horizontales hiladas, con escasos vanos, y un fresco interior en el que resalta la imagen de un Cristo yacente, que impresiona por su hiperrealismo, pues parece como si las gotas de sangre verdaderamente pandearan por entre la maltrecha dermis del Ecce
Homo. A su lado una figura mariana, con un manto célico, y una virginal corona orbicular, que proporciona al lugar un carácter ciertamente místico, asceta y espiritual.

Así, en su marcha hacia el pueblo, escuchan los estremecedores aullidos de las sanguinarias manadas de lobos, que se ocultan en los sotos y matorrales de las serrezuelas que rodean el ejido cercano a la aldea; ya con la noche vestida entran en las primeras callejas de la merindad, el afásico silencio se ve únicamente quebrado por los incesantes ladridos del perro, con los que pretende amedrentar a los astutos y voraces lobos, que acechan en las proximidades del villorrio. Al llegar a la vivienda, el labriego abre el portón de madera tachonado con grandes clavos romboides, con una gran llave parcialmente herrumbrosa, y sirviéndose de su vara de fresno dirige la yunta hacia el establo situado junto al patio de la rural construcción.

Horas más tarde, sentado junto a la inactiva chimenea en una rústica y barnizada silla de madera, acomodada con dos grandes cojines rellenos de pluma, los cuales, le proporcionaban la misma comodidad que si estuviese aposentado en un gran sitial de ceremonias, fuma con placer un cigarro en envoltura de papel, el cual, desprende un humo denso y cano, que impregna sus rancias vestiduras, y todo aquello que encuentra a su paso, creando en aquel interior una atmósfera calinosa y acelajada.

Mientras saborea el tosco cigarro, ingiere varias copas de un aguardentoso licor anisado con elevada graduación alcohólica, lo que le causa un leve estado de embriaguez, que se manifiesta en una absurda e incontestable conversación con su fiel cánido, que tumbado sobre una vieja estera de esparto con las pleitas destrenzadas y abiertas, parece escuchar la pastosa, y a veces ininteligible locución de su ébrio, cansado y solitario amo…(…)