Hoy he tenido la oportunidad de almorzar con tres amigas en un restaurante y, la verdad sea dicha (se trata de mujeres cultas), he quedado sorprendido por la actitud de dos de ellas, cuya intolerancia y cerrazón mental me han obligado a pensar que la inmensa mayoría de las damas, guiadas por los estereotipados mensajes y las desordenadas consignas feministas del momento, están fomentando -en vez de frenar- la supremacía machista. Voy a explicarme.
El debate (si es que se le puede llamar de este modo a la fijación de ideas unidireccionales) lo ha suscitado un servidor al afirmar que, dada la descomposición social del momento: pérdida de los valores espirituales, éticos y humanos y exacerbado egoísmo, no es de extrañar que en España -país de más de 40 millones de habitantes- se produzcan alrededor de 100 homicidios anuales que afectan de un modo directo a la mujer. Me ha faltado añadir (porque no se me ha permitido exponer mis ideas claramente y con orden) que, del mismo modo, también me sorprende el que no seamos 10 000 hombres las víctimas, puesto que las mujeres tienen suficientes motivos para llevarnos por delante a más de uno. Pues bien, prosigamos:
-Parece mentira que un hombre como tú, culto y sensato, diga semejante barbaridad. Estás justificando lo injustificable.
Y otra, la más peligrosa por su carácter exaltado:
– ¡En mi vida! ¡Valiente machista! -Omito los reniegos.
He intentado explicarles a las tres señoras (vano empeño) que no se trata de justificar nada, sino de conocer los motivos fundamentales por los que se dan tantos malos tratos a la mujer, ya que sin conocer las causas no es posible analizar una situación trágica como la que estamos experimentando. Y me planto aquí respecto a la continuación del diálogo.
Considero que una de las causas motivadoras de tanto despropósito por parte de los hombres es la de los celos. Actitud ésta que no trato de justificar, sino de analizar. Si el varón ha estado (y está) dominando a la mujer durante milenios, al cambiar los signos por mor de las libertades democráticas, el rápido avance femenino no ha permitido que el macho se recupere de su sorpresa en tan poco tiempo. Además: la Iglesia (todas ellas sin excepción) defiende el modelo de familia patriarcal, y también las instituciones del Estado pese a la hipócrita contradicción de los políticos de turno que tratan de ganar votos sea como sea y le pese a quien le pese. Tampoco hay que olvidar a las miles y miles de mujeres que, por formar pareja con hombres de profesiones liberales (arquitectos, médicos, ingenieros, etc., y de industriales y potentados), prefieren hacerles creer a su compañeros que se sienten dominadas, cuando la realidad es diametralmente opuesta, porque de este modo se sienten cómodas haciendo lo que les viene en gana, y educando a sus hijos de acuerdo con las consignas del Opus. ¿O es mentira?
Todas estas cuestiones, y otras tantas de no menor calado, deben discutirse con serenidad para que la mujer sepa -y pueda proceder en consecuencia- lo que le conviene hacer. Es decir: debemos templar los ánimos.
Admito que la mujer está injustamente tratada por el hombre y que se debe luchar para corregir esta ancestral injusticia; pero ¿cómo? ¿Diciendo -como lo ha hecho mi amiga F. en el restaurante- que a ella no le importa el porqué? Así no se va a ninguna parte. Y lo siento por mis excelentes amigas F. y A. ¡Allá ellas! En cuanto a la otra amiga, MB, qué decir … Aunque se ha comportado con serenidad y discreción no por ello deja de estar en la misma onda que las demás.
En fin … Un excelente almuerzo y un motivo más para escribir. Gracias, preciosas.

